sábado, 2 de enero de 2016

Hombres y personajes para traer a cuenta




Toda buena historia comienza con “allá por los años…”. German Flores profesor de literatura de mi colegio de provincia, cierta vez me había dicho que no conocía historia mala que comenzara de este modo. Pero había que tomarlo con calma, German flores tenía ocurrencias tremebundas que excedían el raso del sentido común. Sin embargo, pese a la perspectiva exagerada de sus dictámenes era aclamado por sus seguidores, que no le perdían ojo en los bares, y jirones de charleta en charleta, entre los cuales me encontraba yo.
 
Entonces, allá por los años 20 un hijo de emigrantes noruegos que se dedicaban a la fabricación de pan, encabezó en la ciudad de Chicago, EE.UU., un grupo de nueve funcionarios que fueron conocidos como los intocables, y cuya misión era hacer cumplir una ley en especial, establecida por la enmienda XVIII a la constitución. Que fue ratificada por la mayoría de sus estados (enero 1919), hasta la aprobación final de la ley Volstead que implementaba dicha enmienda (octubre del mismo 1919).
 
Eliot Ness fue el emblema de esos duros años. Sabía algo de negocios y algo de Derecho de sus estudios teóricos de la Universidad de Chicago, algo también de perseguir morosos de su encargo en la Retail Credit Co, (pequeños créditos) de Atlanta, algo de criminología con un master, al que asistió la mitad de las clases, dicen, después de volver a la Universidad; añadió a su currículo unos meses aprendiendo Jiu-jitsu, tal vez un año, y sobretodo el joven Eliot contaba en su haber con algo asombroso para un investigador: leía. Era un ávido lector desde niño de las aventuras de Sherlock Holmes, y además estaba inscrito en círculos de lectura de nada menos que... ¡Faulkner! ¿Imaginan a uno de nuestros policías actuales leyendo Luz de agosto?
 
Bueno, poco más se podía encontrar en su hoja de vida, cuando en 1926 su cuñado Alexander Jamie, lo llama para trabajar con los 300 fuertes del FBI, organismo que todavía se denominaba oficina de investigación del departamento de justicia en la lucha contra la ley seca. Allí empieza la leyenda propiamente dicha de este personaje. Cuya obcecación en el trabajo llegó a oídos de Andrew Mellon, el secretario del tesoro norteamericano, y filántropo multimillonario, que deseaba una sola cosa en el mundo: encerrar a Al Capone. Igual meta se había planteado el recién electo presidente Herbert Hoover (1929-1933). Y fueron quienes escogieron a Ness para frenar el contrabando de alcohol, apuntando a las cervecerías ilegales, y a las rutas de suministro exclusivamente de Al capone. Era tanta la obsesión por este bandolero que lo que hiciera el resto de mafiosos como O’Banion o Bugs Moran les importaba un pimiento. El ex empleado del departamento del Tesoro se puso de inmediato manos a la obra, y seleccionó revisando escrupulosamente sus registros profesionales, a nueve policías de entre miles, a los que podía considerar absolutamente fiables y que compartían con él, un asco especial a Alfonso Gabriel Capone.
 
Todos, jefes y no jefes, se amanecían elaborando y reelaborando planes para aprehender al más importante malhechor de todos, y después… si había tiempo, hacer cumplir la ley. La ejecución de los operativos fueron fulminantes. Los golpes contra las destilerías, casinos, clubs nocturnos, y el control en los sindicatos, empezaron a dejar cuantiosas pérdidas económicas al rey del hampa italiana.El enorme poder económico que antes le permitía contar con valiosos “amigos” en todos los niveles del Estado, parece hoy imposible de obtener con la misma facilidad de otros tiempos en el que existía un alto grado de corrupción en la policía y las unidades de investigación federal. Este trocito de la historia ya me la pueden contar un millón de veces, que me seguirá fascinando y hace que me fije como un chicle reseco, porque es el punto donde las películas elaboran “verdadera ficción” con Eliot Ness. Donde se separa definitivamente la realidad de la fábula. El hombre del mito. Y se lo debemos a los directores de cine y a los novelistas principalmente, que han hecho que a Eliot Ness le crezcan alas y se eleve sobre el común de los mortales. Todos recordamos a Rober Stack con su ancha corbata, gabardina negra, y su sombrero gris. Y bajo ese abrigo oscuro la popular metralleta Thompson. O Kevin Costner de Briam de Palma, que con cada bala de la tartamuda hacía hablar a su justicia.

¿Es ficción decir de él, que ningún sobre era capaz de comprarlo? ¡Es sobrehumano! A lo mejor es verdad que era el hombre más limpio con el que se podía contar para este trabajo, y a fuerza de desear que lo sea como una especie de súplica, entre todos hemos forjado su leyenda, creado un hombre íntegro, macizo, de metal, que es la síntesis de lo más depurado de nuestra ética como sociedad, que reúne la esperanza de todas las proclamas revolucionarias, de los cantos más heroicos, que ha surgido de la porquería y la sangre para ser inmune por completo al envilecimiento del espíritu.
Pero saben que, Eliot era de carne y hueso, y sin lazos profundos con América que lo sostuvieran. Siendo niño aprendió el oficio en los callejones de las casuchas, en los más negros suburbios de los inmigrantes del oeste de Chicago, leyendo a Sherlock Holmes, hojeando los libros con imágenes de las aventuras policiacas, acompañándolo en sus averiguaciones entre amenazantes peligros, en la búsqueda de los malvados más brutales.

Este titán insobornable que en los 20s y 30s en Chicago y en Cleveland después, no temía a la delincuencia, que se jugaba el pellejo, a veces el de su familia y amigos, y que no les brindaba el pecho descubierto porque el Estado no es tonto, sino la pólvora de sus armas y las pruebas de su paciencia e instinto, en un duelo sin tregua, por largos años, y que sin definir el día de su final, los abatía a tiros en el escenario menos pensado, a los caracortada y a sus secuaces, y cuando esto último no era factible, los condenaba a podrirse de por vida en las mazmorras… tal como ocurriría en 1931 con Capone en Alcatraz donde acabaría su vida devorado por la sífilis.
 

Debemos avergonzarnos que en esta geografía del horror que es el Perú de hoy, no florezca esta calidad de policías, y ni siquiera de personas. Y aunque sea cursi decirlo al término de esta nota, espero que en medio de tanto alarde de cinismo y paños calientes de aquellos políticos que tienen la obligación de protegernos y lo que hacen es hacernos más vulnerables, en alguna parte de este desquiciamiento nacional, algún niño o niña, esté leyendo a Sir Arthur Conan Doyle, y su imaginación infantil lo catapulte por el denso laberinto de las peripecias indagatorias, que es el camino más claro a la justicia. 
 
Carlos Rodríguez E.

 

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